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Dogma de la Inmaculada Concepción de María

“Hágase en mí según tu Palabra”

Dogma de la Inmaculada Concepción de María

David López
Católicos con acción

“La doctrina católica que concierne a la concepción inmaculada de María y ensalza sus glorias es familiar a todo buen cristiano, delicia y encanto de las más nobles almas. Está en la liturgia, en los acentos de los Padres de la Iglesia, en el afanoso suspirar de tantos corazones que quieren honrarla esparciendo el perfume de su pureza y fervor de apostolado para mejorar las buenas costumbres privadas y públicas”.

(San Juan XXIII, 8 de diciembre de 1960)

Este día 8 de diciembre conmemoramos la fiesta más grande de nuestra Madre María, su “Fiesta Central”, la que encamina las demás fiestas dedicadas a María Santísima: “La Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María”. Este Dogma de Fe esencial de nuestra Iglesia, nos explica el modo de obrar de Dios en todos los tiempos, pues desde los comienzos, Dios no ha cesado de dar a conocer de varios modos y en tantos momentos la revelación de su amor, pues cuando Él envió a su Hijo nacido de Santa María la Virgen, inmaculada desde su concepción, nos muestra de manera definitiva su Amor Misericordioso.

Con la celebración de este Dogma Mariano, no sólo comprendemos la forma de actuar de Dios sobre María, sino que contemplamos el verdadero misterio de la Misericordia Divina, pues Dios, a través de su Misericordia, sale y viene a nuestro encuentro, pues la Misericordia de Dios habita en nuestros corazones y es el canal que nos une a Él, porque mantiene abierto nuestro ser a la esperanza de ser amados para siempre por Dios.

Esta advocación de la Inmaculada Concepción de María, también conocida en algunos lugares como la “Purísima Concepción de María”, expresa un Dogma de Fe, que sostiene que Nuestra Madre María, Madre de Jesús, a diferencia de todos nosotros, no fue alcanzada por el pecado original, sino que, desde el momento de su concepción, Ella ya había sido preservada y liberada de todo pecado: “Puritísima tendría que ser la Madre de Dios, pues en su seno llevaría al Salvador y Redentor del pecado”.

Sabemos que después del pecado de Adán y Eva, Dios no nos quiso dejar solos y menos en las manos del mal; por eso pensó y quiso a María Santa e Inmaculada, para que fuese la Madre del Redentor de todos nosotros: “Él nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuéramos su pueblo y nos mantuviéramos sin mancha en su Presencia” (Efesios 1,4). Así, la Misericordia de Dios es infinita, porque ante la gravedad de nuestros pecados, responde con la plenitud del Perdón, pues su Misericordia siempre será más grande que cualquier imperfección: “Allí donde abundó el pecado, sobreabundó la Gracia” (Romanos 5, 20)… Nadie, ni nada, puede ni podrá poner algún límite al Amor de Dios.

Al venerar la doctrina de la Inmaculada Concepción, contemplamos la posición especial de María por ser Madre de Cristo y en Ella, a nosotros se nos abre la Puerta de La Misericordia. Dios preserva libre de todo pecado y, aún más, libre de toda mancha o efecto del pecado original (pecado que ha de transmitirse a todos los hombres por ser descendientes de Adán y Eva), a María Santísima, esto es en atención a que iba a ser la madre de Jesús, que es también Dios mismo.

La expresión “Llena eres de gracia” (Gratia Plena), contenida en el saludo del Arcángel Gabriel (Lc. 1, 28), y recogida en la oración del Ave María, explícita uno de los aspectos que nos lleva a decir, sin lugar a dudas, que María ha de ser libre de pecado por la gracia de Dios; de igual manera nosotros, hijos de Dios, redimidos por méritos de Jesucristo, somos llamados al igual que María a entrar por la Puerta de la Misericordia Divina y experimentar el Amor del Padre que consuela, perdona y da esperanza.

Aunque ahora parezca extraño, mucho antes de la declaración del Dogma, hubo quienes no estuvieron de acuerdo con la advocación de la Inmaculada Concepción, pues decían: La redención obrada por Cristo no sería universal si la condición de pecado no fuese común a todos los seres humanos. Si María no hubiera contraído la culpa original, no hubiera podido ser rescatada. Y en efecto, la redención consiste en librar a quien se encuentra en estado de pecado, por tanto, rechazaban el privilegio de María, que afirma que “Ella es concebida, alimentada y formada bajo las espinas de una generación llena de pecado, pero que a pesar de eso queda al resguardo de sus pinchazos. Incluso bajo las espinas de esa generación pecadora que de por sí debería de transmitirle el pecado original, María permanece libre de toda mancha, por voluntad explícita de Dios que «lo pudo, evidentemente, y lo quiso. Así pues, si lo quiso, lo hizo».”

Al respecto, no fue sino hasta el año 1500 que por la inspiración del Espíritu Santo se declara que Cristo, el mediador perfecto, realizó precisamente en María el acto de mediación más excelso: Cristo la redimió PRESERVÁNDOLA del pecado original; una Redención aún más admirable, pues no fue por “liberación total del pecado”, sino por “preservación total del pecado”, ya que su Misericordia es eterna, no como idea abstracta, sino como una realidad que proviene del más íntimo y profundo sentimiento de Amor hacia la humanidad.

Por tanto, el dogma de la Inmaculada Concepción de María no niega que ella fue salvada por Jesús, al contrario, en María, las gracias de Cristo se aplicaron ya desde el momento de su concepción; el hecho de que Jesús no hubiese aún nacido, no presenta obstáculo, pues las gracias de Jesús no tienen barreras de espacio y tiempo, y por ello se aplicaron anticipadamente en su Madre María. Para Dios nada es imposible, Eterna es su Misericordia cantamos en el estribillo del Salmo 136, Salmo que parece que quisiera romper con el círculo del espacio y del tiempo, para introducirlo todo en el misterio grande del Amor de Dios, pues no sólo en la historia, sino por toda la eternidad, nosotros estaremos siempre bajo la mirada misericordiosa del Padre.

Por tanto, nuestra Madre María es preservada del pecado por los méritos de Cristo Salvador; es por Él que Ella es preservada del pecado. Ella, por ser de nuestra raza humana, aunque no tenía pecado, necesitaba salvación, que solo viene de Cristo; pero Ella singularmente recibe por adelantado los méritos salvíficos de Cristo; la causa de este don es la Omnipotencia de Dios, la razón de esto fue su Maternidad Divina, Dios quiso prepararse un lugar puro donde su Hijo se encarnara.

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