Home  >>  Uncategorized  >>  Mensaje de Año Nuevo: Monseñor Leopoldo González

Mensaje de Año Nuevo: Monseñor Leopoldo González

Dios camina con nosotros. “¡La esperanza venza nuestros temores!”

Al iniciar este Nuevo Año, les saludo con mucho afecto y alegría. Lo empezamos con una bendición. Y esto es muy bueno. Recibámosla con grande esperanza: “El Señor te bendiga y te guarde, el Señor te muestre su rostro radiante y tenga piedad de ti, el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz” (Nm 6, 23-26).

“El Señor te bendiga y te guarde”. Dios quiso que nuestro tiempo fuera día y noche, para que cada amanecer estrenáramos un nuevo sol y pudiéramos recomenzar con ilusión nuestra vida. La llegada del Año Nuevo despierta en nosotros la esperanza de tiempos mejores: hacemos propósitos para liberarnos de malos hábitos y dar lo mejor de nosotros mismos.  Ciertamente ahora es más difícil sentir esa esperanza.

Hay situaciones graves que siembran tristeza, temor y desconfianza y que desde hace años nos han oprimido: la violencia ejercida de tantas formas por el crimen organizado y la delincuencia; la corrupción e impunidad que han permitido o abonado su crecimiento; la injusta distribución de bienes, el deterioro progresivo del medio ambiente y la gran dificultad para tantos jóvenes y adultos de encontrar un trabajo digno; la base familiar tan dolorosamente resquebrajada y la pérdida del sentido de la vida en muchas personas… Sin embargo, no podemos perder la esperanza.

El Señor nos ha hecho portadores de buenas nuevas. “El verdadero cristiano es así: no quejumbroso y enfadado, sino convencido, por la fuerza de la resurrección, de que ningún mal es infinito, ninguna noche dura sin fin, ningún hombre está definitivamente equivocado y ningún odio es invencible por el amor” (Papa Francisco).

“El Señor te muestre su rostro radiante”. Una base muy firme de nuestra esperanza la encontramos en el acontecimiento que estamos viviendo en Navidad: “Al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo nacido de una mujer, nacido bajo la ley para rescatar a los que estaban bajo la ley”.

El Hijo de Dios se ha hecho uno de nosotros para salvarnos. Por eso le pusieron el nombre de Jesús, que significa “Dios salva”, no “Dios salvó”, sino “Dios salva”.

Jesús resucitó y, como lo prometió, está con nosotros cada día para salvarnos. Este año que iniciamos es una oportunidad de salvación en la medida en que contemplemos al Señor Jesús habitando en nuestros hogares, caminando por nuestras calles, promoviendo en nuestras plazas la solidaridad, la fraternidad, el deseo de bien, de verdad, de justicia, edificando su Reino.

No podemos mirar la vida como si Él no estuviera con nosotros. Les invito a hacer conciencia de ello cada día en nuestra oración de la mañana: “Gracias, Señor, por este día. No te quiero ofender.

Ayúdame a no complicar los problemas. Dame tu gracia para hacer el bien que quieres realizar a través de mí”. Serán muchos los retos y los desafíos de este Nuevo Año, pero tenemos la certeza de que el Señor Jesús nos ayudará a enfrentarlos sacando lo mejor de nosotros mismos. Por esto nos felicitamos y lo vivimos desde el inicio con grande esperanza.

“El Señor te conceda la paz”. Unidos a toda persona de buena voluntad, hoy pedimos a Dios nuestro Padre la paz. La paz supone ausencia de guerra, de violencia, de agresión, pero es mucho más que eso: es el conjunto de todo aquello que hace posible una vida sana, armónica, todo lo que ayuda al pleno desarrollo de la persona. Este es el bien común que constituye el objetivo de toda institución pública.

Este año viviremos en nuestra Patria una muy intensa jornada electoral. La situación es muy compleja. Por ello, nuestra Patria ahora necesita más de la colaboración de cada ciudadano para discernir cuál de las opciones puede generar un poco más de bien, cuál de todas esas opciones “puede aportar más al bien común, a la paz, a la seguridad, a la certidumbre, a la justicia, al respeto de los derechos humanos y a la solidaridad real con los pobres y excluidos” (Card. Francisco Robles).

Hagamos de esta larga e intensa jornada un tiempo de esperanza, que construya y fortalezca la unidad social. ¿Cómo puede fortalecerse esta unidad si cada partido y candidato buscan convencer y allegarse a las más personas posibles? Sólo puede darse esa unidad si todos: partidos, candidatos, militantes y ciudadanos buscamos de verdad el bien común.

Entonces se podrán presentar las diferentes opciones y no mirar a quienes opinan diferente como enemigos a quienes eliminar, sino como ciudadanos que, al igual que nosotros, desde su punto de vista buscan lo mismo que nosotros hemos de buscar: el bien común de nuestra Patria. Si otros son los intereses, entonces ataques y artimañas debilitarán todavía más la confianza.

Nuestra Patria tiene derecho a esperar de cada ciudadano, nuestro voto expresado con entera libertad, con la conciencia de que, a nuestro modo de ver, eso es lo mejor para todos. La construcción de la unidad depende de todos: que podamos vernos unidos en la búsqueda del bien común.

Al vivir hoy la Jornada Mundial de la paz, recordemos que la paz es un bien que no puede dividirse. “O es de todos o no es de nadie”. Nos necesitamos unos a otros. Vamos en la misma barca: o llegamos todos o nadie llega. Dios nos creó como un bien para los demás. Pero, hizo algo todavía más maravilloso.

En Jesús nos adoptó como hijos suyos. Porque así lo quiso, con toda verdad podemos decirle: “Abbá”, Papá. Y también con toda verdad somos hermanos de sus demás hijos, nuestros prójimos.

Por esto mismo, cada día, como buen Padre, Dios nos pregunta: ¿Dónde está tu hermano? ¿Qué has hecho de tu hermano? Y, cuando alguien actúa como Caín, por más que quiera desaparecer los despojos mortales de su víctima, el Señor le dice en su conciencia: “La sangre derramada, la sangre de tu hermano sigue clamando a mí”. Y le llama a dejar de hacer el mal y a portarse como hermano. Siempre están abiertas las puertas de la Casa del Padre.

En su mensaje para esta Jornada, el Papa nos hace mirar a migrantes y refugiados como hombres y mujeres que buscan la paz. Desde la fe, tanto migrantes como residentes hemos de reconocernos parte de una sola familia, todos con el mismo derecho a gozar de los bienes de la tierra, que es el hogar de todos.

No podemos ser indiferentes con nuestros hermanos que, obligados por la violencia o la necesidad, salen de entre nosotros o llegan a la periferia de nuestras ciudades. Dios, nuestro Buen Padre, nos ilumine y disponga a acoger, proteger, promover e integrar a estos hermanos nuestros. Cada uno podemos hacer algo por ellos.

La Virgen María, Madre de Dios, nuestra buena Madre, nos ayude a vivir desde el hogar con pensamientos, sentimientos, palabras y gestos de paz. Sembremos esperanza con nuestro modo de acoger, de sonreír, de amar. Deseo a todos un Feliz Año Nuevo 2018.

 

+Leopoldo González G.

Arzobispo de Acapulco