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Hace más de veinte siglos unos pastores que velaban sus rebaños a las afueras de Belén, escucharon esta alegre noticia de la Navidad: “Hoy les ha nacido en la ciudad de David, un salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc 2,11). Que esta Buena Nueva resuene ahora en el interior de cada hombre y de cada mujer, y llene de paz su corazón, de la paz que esa noche los ángeles cantaron en aquellos campos de Belén. En medio de la noche ha brillado una grande luz: Dios se ha hecho hombre y es “Dios con nosotros”. Desde entonces nunca es oscura la noche que vivimos, cualquiera que ella sea, porque Dios va con nosotros.

 

Como a aquellos pastores, esta noche los ángeles de Dios nos invitan a acercarnos a Belén y mirar a este Niño recién nacido. Podemos ir con entera confianza, así como estamos, llevando en nuestro corazón y en nuestra conciencia lo que estamos viviendo. Las señales que nos han sido dadas para encontrarlo nos hablan de una singular pobreza y sencillez: “está envuelto en pañales y recostado en un pesebre”. Es muy pequeño, como todo recién nacido, pero desde su pequeñez nos dice cosas muy importantes que nos hace mucho bien guardar y meditar en el corazón.

 

+ Al mirar el espacio donde se encuentra, su fragilidad y su completa dependencia, las propias de un bebé, nos preguntamos ¿por qué siendo Dios se ha hecho hombre? La respuesta nos viene luego y muy clara: porque nos ama. Sólo el amor puede explicar cosas así. Hace poco más de 9 siglos, San Anselmo respondía a esa pregunta diciéndonos que el pecado en el mundo era tan grande y tenía tanta fuerza, que sólo Dios podía remediar la situación que el hombre vivía, porque sólo Él es lo suficientemente fuerte y poderoso para salvarnos. Porque nos ama, se hizo uno de nosotros para salvarnos. Ésa también ahora puede ser la respuesta: el pecado, el mal que a todos intenta engañarnos, ha arraigado muy hondo en el corazón de muchos hermanos nuestros, tan hondo que parecen completamente insensibles a lo cruel e inhumano de sus crímenes y al inmenso dolor que causan a tantas personas; que parecen no temer ningún tipo de justicia, ni divina ni humana; que parecen no mirar que solo su actuar corrupto ha hecho posible esto. Porque sólo Él podía redimirnos de esta opresión, Dios se hizo hombre y puso su morada entre nosotros. Este Niño recién nacido es el Salvador, el Mesías, el Señor.

 

Esta Noche, que entre todas recibe el nombre de Noche Buena, el Niño Jesús sea una muy delicada expresión de la ternura de Dios para todas aquellas personas que, en la intimidad familiar, viven el profundo vacío de su ser querido que fue asesinado, desaparecido, secuestrado; o sufren el triste desamparo de mirar a su familia extorsionada o injustamente obligada a abandonar su hogar. Con mucho respeto y afecto, esta noche llegue muy hondo a su persona la palabra del Ángel: “No teman, les ha nacido un Salvador”. Todas las personas que les conocemos, que sabemos de su pena, nos hagamos eco de este anuncio del Ángel en Belén. La cercanía de nuestro afecto les consuele y nuestra mano tendida les ayude. De este “No teman” también se hagan eco todos aquellos que tienen a su cargo la procuración e impartición de justicia, y la misión de cuidar la vida y los bienes de los ciudadanos. De esta palabra, “No teman”, todos nos hagamos eco: que para nadie seamos una amenaza, que al encontrarnos nos saludemos o nos reconozcamos inclinando la cabeza o sonriendo y de esta manera nos digamos: “No temas, estoy contigo”. Esta Noche haga callar el ruido de las armas asesinas. Que el Señor nos ayude a cumplir su sueño para nosotros: que “las espadas se conviertan en arados y las lanzas en podaderas”. Que nuestra fuerza, nuestro poder, nuestro saber sean fuente de vida para todos. Sólo así podremos construir la esperanza que tenemos de una Patria mejor.

 

+ ¿Cómo puede este Pequeño Niño salvarnos del mal tan grande que nos oprime e intenta destruirnos? Nos salva haciéndonos un espacio en su amor y venciendo el mal a fuerza de bien. Acerquémonos al Belén y contemplémoslo dormido en el pesebre.

 

= Dios nos ha hecho un espacio en Él. Al crearnos, al llamarnos a la existencia, nos hace un espacio en Él: “En Él vivimos, nos movemos y somos”. La vida es suya. Nadie nos la damos a nosotros mismos. Nuestra vida es de Dios, desde que somos concebidos hasta nuestra muerte natural. Él cada día nos da la vida, nos tiene en Él. Esto es muy hermoso y hay que agradecerlo y vivirlo cada mañana, porque cada amanecer nos habla de su amor. Nuestra vida, la que recibimos cada día, es expresión del inmenso amor que Dios nos tiene. Así la vida nuestra y así la vida de cada hombre y de cada mujer.

 

Sin embargo, en Navidad este amor de Dios se desborda: Dios nos hace un espacio en Él, haciéndose uno de nosotros. “No se aferró a las prerrogativas de su ser divino”, ni apareció en la tierra como un superhombre. Se hizo uno como nosotros, en todo igual excepto en el pecado. Vino al mundo en la pequeñez con que cada ser humano hemos venido. De esta manera ha hecho en su corazón un espacio inmenso en el que cada persona humana tiene una muy tierna acogida. Nadie puede mirarse fuera de su amor. Si le miramos con una poca de atención, escucharemos que desde el pesebre el Niño Jesús nos dice: ¿Me dejas quererte? Esto nos lo dice a cada hombre y a cada mujer, sin excluir a nadie. Nadie teme a un pequeño niño. Nadie tenga miedo de tomar este Niño en sus brazos y acercarlo a su corazón: no nos quita nada de lo que hace la vida libre, bella y grande. Al contrario, su amor nos libera de lo que hace inhumana la vida: “el dominio de la corrupción, el quebrantamiento del derecho y la arbitrariedad”.

 

= Al mirarlo recostado en el pesebre o en brazos de su madre, la Virgen María, resalta su pequeñez; sin embargo, tiene una fuerza muy grande, la única capaz de vencer el mal: la fuerza del bien. Se mostrará plenamente en su Pascua gloriosa. Pero cada momento de su vida es redentor, es liberador: viviendo nuestra vida la transforma: “pasó la vida haciendo el bien”. Esa es la vida que nos hace posible vivir: en la cual nos esforzamos en sacar lo mejor de nosotros mismos en los pequeños detalles de cada día. Y así realizamos nuestro ser personal, quienes Dios ha hecho de nosotros: una bendición suya. Esta vida no deja que nuestro mundo se convierta en un infierno. Esta vida, como la Noche de Belén, hace sentir muy cercano el cielo, hace sentir muy cercano a Jesús. Este es el maravilloso intercambio de Navidad. El Hijo de Dios se ha hecho hijo de hombre, para que nosotros, hijos de hombre, podamos vivir como hijos de Dios.

 

Deseo a todos, una Feliz Navidad, una Navidad con Jesús.

 

Con mi oración y bendición

 

En Dios, nuestro Padre

 

+ Leopoldo González González

Arzobispo de Acapulco

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