Ciudad Juárez, Chih., Mark Seitz, de 65 años, tomó de la mano a Cesia Palma, de nueve, y caminó por el puente internacional Santa Fe. El hombre es obispo de la diócesis de El Paso, Texas; la niña, una migrante hondureña que salió hace tres meses con su familia desde una colonia enferma de violencia en Tegucigalpa. Los abuelos maternos de la menor fueron asesinados por pandilleros.

Poco antes de ser retenido justo a la mitad del puente por agentes de la Agencia de Aduanas y Protección Fronteriza, el religioso leyó en español e inglés un duro mensaje dirigido no sólo al gobierno de Estados Unidos, sino a la sociedad estadunidense en general. En lo que presentó como un diagnóstico del alma de su país, señaló: (Tenemos) un gobierno y una sociedad que ven como amenaza a niños y familias que huyen; un gobierno que trata a los niños bajo su custodia peor que a animales; un gobierno y una sociedad que dan la espalda a las madres embarazadas, a los bebés, y los hacen esperar en Ciudad Juárez sin pensar en las complicadas consecuencias de esta desafiante ciudad.

Mientras el obispo hablaba, activistas y religiosos sostenían en alto enormes fotos de seis niños migrantes que han muerto bajo la custodia de autoridades de Estados Unidos.

Antes de leer su mensaje, el obispo conversó brevemente con un grupo de migrantes, entre ellos un cubano con un tremendo moretón en la cara producto, aseguró, de la golpiza que le dieron en un asalto.

Estados Unidos sufre, siguió el titular de la diócesis texana, “un caso de endurecimiento del corazón que amenaza la vida… Si hablan otro idioma o son morenos o son indígenas, pues así es más fácil despreciarlos. ¿Por qué no podemos ponernos en sus zapatos? Hemos decidido que son extranjeros e ilegales; creemos que estos padres simplemente no tienen derecho a salvar a sus hijos de la violencia o la desnutrición, no tienen derecho a un trabajo ni a mantener a sus familias”.

El desprecio que expresan la sociedad y el gobierno de Estados Unidos, agregó el obispo, parece indicar que preferiríamos que murieran en las orillas del río Bravo.

Siguió: Los estadunidenses necesitamos revisar nuestros corazones, que se han vuelto demasiado fríos, y eso es un mal presagio para la salud de nuestra nación.

Al iniciar el camino al puente, la niña hondureña cargaba una mochila. El religioso pidió que alguien le ayudara y constató: Está pesada. Entonces Cesia, con su voz cantarina, le contó al obispo: Caminé 20 kilómetros.

Detrás de ella iban su madre, Tania; sus hermanos Kevin y Sofía, y su padre, Joseph, quien soltó dos frases sobre el horror de vivir en una colonia de Tegucigalpa ubicada en la frontera de la guerra entre las pandillas MS y la 18.

El obispo recordó que todos los días Estados Unidos regresa a 200 personas para que esperen en Ciudad Juárez su cita en las cortes que definirán si les brindan o les niegan el asilo. Los están echando atrás, dijo, para que esperen quién sabe cuánto tiempo, un año, dos años, quién sabe…

Seitz fue recibido al pie del puente Lerdo por el sacerdote Javier Calvillo, quien dirige la Casa del Migrante, fundada hace 39 años por la orden de los Scalabrini y hoy en manos de la diócesis de Ciudad Juárez. El religioso estadunidense entregó un donativo en nombre de sus feligreses.

A pesar de que encabeza la comisión de movilidad humana del Episcopado mexicano, el obispo de Ciudad Juárez, José Guadalupe Torres, tuvo cosas más importantes que hacer y no acompañó a su homólogo de la diócesis texana.

Poco antes de cruzar el puente, Calvillo refirió que del gobierno federal mexicano sólo ha recibido algunas despensas e instó a la actuación conjunta de la sociedad y todos los niveles gubernamentales para enfrentar la crisis humanitaria.

Ciudad Juárez, insistió en la postura que ha mantenido durante meses, no está preparada para atender a los miles y miles que siguen llegando. No bastó, sostuvo, el fuerte llamado de atención de 2018: En cuanto Juárez tuvo la primera experiencia el año pasado, en septiembre, con la gente en los puentes y en el asilo político, cuando llegaban camiones de extranjeros, con gente de Honduras, Guatemala, de África, se les pidió que se hiciera algo por lo que pudiera venir. Decían que esto no podía pasar y aquí están los resultados.

Al echar a andar, Calvillo contó al obispo estadunidense el caso de una mujer hondureña (ya identificada como Olga Marina Trochez) que murió hace unos días y cuyo cadáver fue encontrado en el rumbo de Salamayuca, supuestamente en una ruta de polleros destinada a evadir el retén instalado para acompañar la llegada de la Guardia Nacional. Según las autoridades, la mujer murió de un infarto y su cuerpo fue abandonado por los polleros y sus compañeros de travesía.

Las personas a quienes acompañó a cruzar el puente, la familia hondureña de cinco miembros y un ciudadano de El Salvador, fueron autorizadas a permanecer en ese país mientras se procesa su solicitud de asilo. Una pequeña victoria que el jerarca anticipó: Espero que podamos hacer su camino más ligero. Y así fue, pero son seis personas de las 7 mil que han sido retornadas sólo por Ciudad Juárez para esperar su cita con la justicia de este lado del río.

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