La gran familia de la Iglesia particular de Acapulco, se congregó en la Casita del Tepeyac, como cada año, movidos por la fe, y ésta envuelta en un gran fervor y devoción, a la Virgen de Guadalupe, Patrona de México y de América.

La salida ocurrió el martes por la noche, para llegar en la madrugada a la Casa del Peregrino, lugar donde confluyen y se proporcionan todas las atenciones primordiales, todo aquel peregrino que lo necesita.

La celebración eucarística comenzó a las 10:00 de la mañana, en la procesión de entrada con el canto tradicional La Guadalupana. Dio la bienvenida el Sr. Canónigo Alberto Reynoso González, expresando estas palabras:

“Excelentísimo Señor Leopoldo Gonzalez Gonzalez, dignísimo Señor arzobispo de la arquidiócesis de Acapulco, hermanos sacerdotes, diáconos, seminaristas, religiosos y religiosas, hermanos fieles santos de nuestro señor Jesucristo. En nombre del Señor arzobispo Carlos Aguiar, en nombre del cabildo de Guadalupe, le damos la bienvenida a usted Señor arzobispo y a su amada arquidiócesis a la basílica de nuestra Señora de Guadalupe, nuestra madre, nuestra patrona. Ella siempre ha caminado con ustedes, los ha protegido y los ha llenado de bendiciones por su camino.

Le pedimos a Dios, por su trabajo pastoral en su amada arquidiócesis. La Santísima Virgen los acompaña e intercede por ustedes, y nosotros como cabildo queremos darle un regalo muy sencillo pero con mucho amor y respeto a su persona y hacia su arquidiócesis. Que Dios los bendiga y todos ustedes están en su casa en casa de nuestra madre”.

Monseñor Leopoldo agradeció la bienvenida: “Agradezco mucho la bondad de su acogida y quedamos en la oración de ustedes cada día ante la imagen de nuestra madre santísima, nuestra Señora de Guadalupe. Que sentimos tan cercana y tan nuestra, muchas gracias”.

Después de la bienvenida continuó la celebración presidida por el arzobispo y concelebrada por los presbíteros de las diferentes parroquias de la arquidiócesis de Acapulco.

En la homilía, el arzobispo comentó:

Muy queridos padres, muy queridas hermanas religiosas, muy queridas hermanas y hermanos. Me da mucha alegría que hayan llegado con bien, sé que algunos tuvieron algunas contrariedades pero que bueno que ya estamos aquí todos reunidos.

Mucho  tenemos que poner como encargó de la Santísima Virgen María, para bien de nuestros hermanos,  hijos de la Santísima Virgen. Cada vez que celebramos la Eucaristía, la iglesia toda participa en ella, porque por la salvación de todos en cada eucaristía Jesús ofrece al padre en sacrificio. Hoy hacemos presente a toda la iglesia, con el rostro de la arquidiócesis de Acapulco que hemos venido en peregrinación.

Llegamos a esta nuestra casa materna y le decimos a la virgen “venimos a verte”. Ella nos ha dicho: “saluden a Jesús”. Nuestro salvador y así lo hemos hecho. Una madre no necesita mucho tiempo para leer la historia que cada uno de sus hijos trae escrita en el rostro.

Jesús y María nos escuchan, quieren oír de nuestros labios lo que miran en nuestro corazón. No volvamos a casa sin haber puesto en sus manos lo que carga nuestro corazón, no nos quedemos mudos ante ellos. Desde el corazón elevemos nuestra palabra a la virgen y por ella hagamos la llegar al Señor Jesús.

Muchas cosas nos llenan de la alegría, la clase media de la santidad es muy numerosa entre nosotros. Son muchos los santos de la puerta de a lado como dice el Papa. Papá y mamá que crían con amor a sus hijos, esposo y esposa que ante los conflictos y problemas de cada día reconstruyen la armonía de su matrimonio. Hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, nuestros hermanos enfermos que completan en su carne lo que faltan en la pasión de Cristo.

Las víctimas de la violencia que acompañas por la comunidad perdonan, buscan la justicia como un buen para el hermano que les hizo daño, acogen a los que han sufrido lo mismo que ellas y les ayudan a dejar el rencor, el deseo de desquite, de revancha y volver a vivir y no convertirse en victimarios.

Sacerdotes y religiosas que sonríen en su ministerio, en su consagración de cada día. Esa clase media de la santidad, la integran cada uno de ustedes junto con todas aquellas personas que proclaman la buena nueva del evangelio, siendo buena noticia de Dios donde quiera que se encuentran. Esto causa gran alegría a la virgen María, nuestra dulce madre.

También hay muchas cosas que nos hacen sufrir y amenazan con robarnos la paz. El narcotráfico, el crimen organizado y la delincuencia común. Con todas esas manifestaciones de violencia, generadoras de muerte y opresión. La pretensión de construir la paz a través de grupos civiles armados, la proliferación de armas no siembra tranquilidad sino miedo, la pobreza ancestral de muchos hermanos nuestros a quienes los apoyos no han logrado impulsar mejores niveles de vida. El ataque al matrimonio, intentando confundir lo que es diferente, tanto es su conformación como en sus propiedades y en los servicios que presta a la sociedad.

La amenaza a la vida del no nacido y la trata de menores, la perpetuación de conflictos no resueltos, la dificultad que vemos en nuestra pastoral para salir e ir a tocar de puerta en puerta para llevar la buena nueva a los hogares. Cada uno cargamos también nuestras propias pesadumbres, escuchemos a nuestra madre Santísima que nos dice como a San Juan Diego “Es nada lo que te preocupa y te inquieta, ¿acaso no estoy yo aquí que soy tu madre?”.

Con la virgen María la Virgen de Guadalupe, acerquémonos con corazón abierto a la palabra de Dios que ha sido proclamada.

Al finalizar la eucaristía, el arzobispo bendijo las imágenes que los peregrinos llevaron con fe y devoción, dió la bendición encomendando a la arquidiócesis al amparo y protección de la Virgen María de Guadalupe.

 

Fotografía: Karina Martinez

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